basura

EL MOMENTO DE ORO dura unos segundos, rara vez más de un minuto, y todo el mundo tiene su momento de oro. Es fácil de localizar. Sólo hay que recordar si alguna vez el mundo fue perfecto.
Eugenio estuvo una vez en un mundo perfecto. En ese instante de su vida quiso que el tiempo se detuviese porque intuía que cuando se llega a la cima de la perfección todo lo que queda es cuesta abajo. Durante el resto de su vida ha vuelto a ese momento una y otra vez, y siempre ha sonreído al recordarlo.
Fue en su noche de bodas, se había casado con la chica más maravillosa del mundo y la fiesta había sido estupenda. Pero todo mejoró tras atravesar la puerta de la habitación con su esposa en brazos.
Entonces Fani, sin mediar palabra, se despojó de su braguita y la encasquetó sobre la lámpara de la mesita de noche para conseguir una iluminación óptima.
Ese fue el instante. Eugenio estaba allí de pie, contemplando la maniobra de su esposa, afanada en aquella lampara amarilla. Y pensó:

“Que se pare el mundo”

Pero el mundo no paró.
Fani era la mujer ideal. Tenía un pequeño consultorio matrimonial donde ayudaba a parejas en apuros a reparar sus relaciones dañadas. Era experta en felicidad conyugal.Eugenio trabajaba en la construcción. Le gustaba su oficio y la paga era buena.
Eugenio, hombre de pocas palabras, pensaba que no había hecho méritos suficientes para merecer una compañera tan perfecta.
Cuando revisaba el álbum de fotos, Eugenio pensaba que el primer año en común era como una luna de miel interminable. Ni una sola discusión. Fani tenia siempre la palabra precisa, el gesto, la sonrisa necesaria para convertir cualquier inconveniente en un momento delicioso. Pero esta visto que hay que pelearse, y cuando la chispa tarda en saltar, parece que el petardo suena más.
La primera discusión ( y la última) la tuvieron por un motivo insospechado: El calor residual.
Eugenio creyó que la infusión estaba ya en su punto y apagó el fuego de la cocina. Ya se sabe, luego vino Fani y le preguntó porque había apagado. Eugenio debió decir que lo sentía, pero dijo que el calor residual bastaba.
Ya no dijo nada más.
Fani era experta en discusiones matrimoniales, y sabía lo que Eugenio iba a decir, así que continuó la discusión ella sola.
—Ahora tú me vas a decir que la infusión es para ti, y yo que me gustan las cosas bien hechas y tu dirás…
Cuando Eugenio intentó decir algo para cortar la discusión en la que no estaba interviniendo ya era tarde. No había dicho nada y al parecer la había insultado tres veces. El perfecto dominio de Fani de todos los posibles matices de una discusión matrimonial se convirtió primero en un inconveniente, y luego en una barrera infranqueable.
Quiso retirarse al dormitorio para pensar algo que atajase esa situación tan violenta. “Eugenio, piensa algo, rápido” pero Fani le perseguía por el pasillo, continuando la discusión como una posesa. Eugenio tuvo que echar el pestillo de la puerta para pensar . “Unas flores, reconciliación… ¿Dónde puedo conseguir unas flores rápido?”
Aquello se le iba de las manos. Fani gritaba ya por toda la casa y Eugenio era incapaz de pensar algo. Estaba bloqueado. “ Mejor dar la cara” Salió del dormitorio para oir el portazo. Salió al portal para preguntar asustado.
—Cariño ¿Dónde vas?
El ascensor ya estaba bajando, pero se oyó la respuesta de la ofendida esposa tras la puerta metálica.
—¡Con mi madre!
Su mujercita se había marchado a casa de su madre.
La gente especulaba ¿Qué habrá podido pasar? Se les veía tan felices…
Nadie se cree la verdad. A veces es mejor inventar algo terrible para que te dejen en paz.
Nunca llegó la reconciliación. Eugenio se quedó solo en aquella casa vacía. A veces intentaba reconstruir mentalmente la discusión para pensar algo que podría haber dicho, cualquier cosa… pero le dolía la cabeza y tenía que dejarlo.


EL VECINO DEL TERCERO se llama Eugenio. Su mujer le abandonó hace ya algún tiempo, nadie sabe la causa pero todo el mundo en la escalera tiene alguna teoría.
Julia, de la puerta de al lado, opina que es un hombre sencillo, de los que nunca tiran papeles al suelo y vive sin molestar a nadie. Una joya. buenos días en la escalera y pocas palabras mas. Un hombre del trabajo a casa, que no bebe, no fuma, una maravilla. Hombres de estos ya quedan poquitos. Esto da pie a Gloria para pensar que la culpa fue de ella. A las mujeres les atraen inexplicablemente los hombres malos, y si se dan cuenta de que han dado con un pedazo de pan, tienden a cansarse. Esta descabellada teoría la comparten la mayoría de los vecinos.
Vivía Eugenio una vida tranquila, solitaria y ordenada. Vecino ideal, no daba ruidos, no se oponía a nada en las juntas. Para otros vecinos esto era señal evidente de que algo ocultaba. Para Isaias, del cuarto C, era evidente de que el culpable era él. El había roto el matrimonio porque tenía un terrible secreto inconfesable. Por eso actuaba así. Tan silencioso, siempre intentando pasar desapercibido. En cuanto la mujer descubrió el pastel, salió de casa huyendo de la encerrona. Esta otra teoría, más minoritaria, era la segunda opción. Nadie se atrevía identificar el posible terrible secreto aunque casi todos aventuran alguna explicación sin concretar mucho. Algunos tienen más de dos posibles opciones, a cual más oscura y descabellada.
A nadie se le ocurrió pensar que una discusión sobre el calor residual era el meollo de la cuestión. La verdad es que la realidad algunas veces es la opción más inverosímil.
Se iba muy temprano a trabajar. Era muy valorado en el trabajo por su buen hacer y su entrega. Nunca faltó ni llegó tarde, nunca presento ningún problema. Tal vez su manía de aprovecharlo todo le ocasionaba algún conflicto. Su encargado le explicaba una y otra vez que para la empresa era más rentable comprar puntillas nuevas que pagarle a él los diez minutos que tardaba en recogerlas del suelo. Eugenio no podía evitar juntarlas y volverlas a su caja.
Tenía Eugenio esa única afición, la reutilización, el reciclaje de todo. Una vez oyó que en los países asiáticos donde tanta gente hay, no usan papel en el retrete, pues todos juntos, podrían atorar el planeta con papel higiénico elaborado con bosques tropicales enteros. Aquello quedó en su mente grabado a fuego y nunca comprobó la veracidad del dato, ni la fiabilidad de la fuente.Simplemente lo creyó.
Las cosas en casa de Eugenio no iban directamente a la basura. Pasaban antes por una especie de limbo donde se les adjudicaba una nueva utilidad. Era como una última oportunidad a las cosas que tan bien le habían servido.
Este sencillo e inofensivo pasatiempo ocupaba todo el tiempo de nuestro discreto héroe. Por estar rodeado de objetos desechables y otros diseñados para perdurar pero desechados igualmente, el día de Eugenio era un continuo mirar acá y descubrir allá todo tipo de tropelías e injusticias contra la utilidad de las cosas. La gente no deja de tirar cosas que han costado mucho dinero para poder comprar otras cosas. Luego nos quejamos de lo caro que es todo, pero no intentamos reparar nada, simplemente las cambiamos.
Esto no era un secreto inconfesable. La gente que notaba esta tendencia de Eugenio a no desechar nada lo atribuía a tacañería o manía ecológica. Los que lo conocían sabían que no debían tirar nada delante de él , porque enseguida encontraba otra utilidad para cualquier cosa.
Pero nada es eterno. Eugenio a veces no tenía más remedio que tirar cosas también, porque no era dueño del mundo, y su espacio era limitado. Cuando llegaba el momento de desechar algo, solía despedirse de la cosa en cuestión, en voz alta si no había nadie delante.
—Adiós, amiga, me has servido bien. – le decía a la maquinilla de afeitar oxidada.
—Ha sido un largo camino hasta aquí, te echaré de menos. – le comentaba al vaso roto.
Y de esta manera se despedía de las pocas cosas que no tenía mas remedio que tirar. Siempre que esto ocurría sentía un ligero pudor y pensaba que cualquiera que le oyera podía asustarse.
Hablar con las cosas no es delito ni síntoma de locura si nadie esta oyendo, de la misma manera que una tremenda matanza en un país lejano no estremece al que tiene la televisión apagada.


LA ESCENA DEL SOFÁ marcó para Eugenio el principio de todo. Volvía del trabajo como cualquier día. Había sido una jornada dura pero provechosa, así que se regaló tomando el camino largo a casa. En la tarde urbana gustaba de pasear observando como la ciudad evolucionaba a ojos vista.
Pasó junto a un contenedor de basuras completo hasta los topes, apretando el paso como siempre. Se avergonzaba ligeramente porque no podía dejar de mirar las extrañas cosas que allí se suelen encontrar, algunas en aparente buen estado. Siempre le apetecía pararse y examinar detenidamente los objetos más llamativos, para comprobar si estaban rotos o los habían tirado porque sí, pero siempre aparecían al acercarse otros objetos más interesantes, y aquello se convertía en un engorro. Por eso era mejor pasar de largo.
Había un expléndido sofá junto al contenedor. Tapizado en piel, en color gris perla. Nuevo. Es más, mejor que el que había en su propia casa frente a la tele. Hay que ver lo que tira la gente.
Eugenio miró el sofá de reojo al pasar. Antes de pasar de largo ya creía que casi lo había olvidado.
Seguía su camino pero oyó la voz:
—Fotocopió sus nominas por mí.
Se detuvo. Lo había oído. Alguien le había hablado pero tenía miedo de volver la cabeza. Intuía lo que pasaba, y no quería entrar en el juego.
No había nadie más en la acera. Pero le habían hablado, así que retrocedió unos pasos e intentó escuchar en silencio. Los coches circulaban, los pájaros piaban al fondo.
—¿Alguien me ha hablado? – Susurró Eugenio.
Como nadie contestaba, se dispuso a retomar el paseo a casa.
—Que fotocopio sus nominas para pedir un crédito.
Era el sofá que estaba hablando. Ya no había dudas, era el. Charlaba hasta por las costuras. Eugenio echó una ojeada alrededor buscando una cámara oculta, alguien riéndose en un balcón. No había nadie.
—Todavía no ha acabado de pagarme. Quedan cuatro plazos y ya estoy en la calle. Porque no hago juego con las cortinas, porque el salón esta muy cargado de muebles, porque … yo que se…
Una señora se acercaba con un niño de la mano. No era momento de charlar con un sofá, así que se marchó.
El corazón se le iba a salir.
Estaba ya lejos pero lo oía aún.
—¡Vienen a por mi después de las nueve!
—¡Soy lo más cómodo del mundo!
—¡ Me convierto en cama cuando tengas invitados!
La señora y el niño pasaban junto al sofá sin inmutarse, no oían nada. Y eso que el sofá gritaba cada vez más alto. Cuando las voces las oye uno solo y nadie más… mala señal.
Eugenio llegó a casa bañado en sudor frío.
Y no comprendía nada, aunque lo intuía todo desde el principio. Estuvo viendo la tele un rato, repasó su agenda y ordenó las facturas domesticas del último trimestre. Pero aquello no se le iba de la cabeza.
El coche de Eugenio estaba en la cochera. Siempre estaba en la cochera. Eugenio necesitaba tenerlo pero procuraba no cogerlo. Caminaba al trabajo y hacía las compras cerca de casa.
A las ocho lo arrancó. A las ocho y cuarto estaba dando vueltas por el barrio. Es bueno coger el coche de cuando en cuando para cuidar la batería.
Pasó junto al contenedor y allí estaba el sofá.
Reclinó los asientos traseros, parecía que el sofá no cabía de ninguna manera, pero entró. Parecía que no iba a poder subirlo por el ascensor pero pudo. Parecía que no iba a encajar en el salón junto al otro sofá, pero quedaron bien juntos. Apretados pero juntos. El sofá ya no hablaba, pero parecía colaborar en todo de una extraña manera. Casi no pesaba cuando Eugenio lo movía de un lado a otro.
Eugenio pensó que de alguna manera había hecho una buena acción y se había beneficiado de paso.
El salón quedaba cuco con dos sofás.






LAS COSAS PARLANTES esperaban a Eugenio por todos lados. Para llamar su atención, para hacerse notar, para ponerlo de los nervios. Empezó a coger el coche para ir al trabajo. Con las ventanillas subidas y la radio bien alta. No quería oír a las cosas que intentaban llamar su atención cada vez que pasaba por un contenedor o un solar abandonado.
—¡Eugenio, mírame!, ¡Estoy nuevo aún! – gritaba un espejo de baño.
—¡Eh, tú, somos de tu número! – decían unas zapatillas de deporte.
No podía pararse con ninguno de ellos, porque entonces, el contenedor se convertía en una algarabía. Nadie oía el escandalo. Sólo Eugenio.
Cada vez que se cruzaba con un vagabundo huía. Tenia miedo de convertirse en uno de ellos, empujando un carro de supermercado lleno hasta arriba de cosas inútiles. Eugenio se miraba en el espejo y se preguntaba si se estaba convirtiendo en un tipo raro. Luego se volvía a mirar y se preguntaba cuanto tiempo hacía que era un tipo raro.
Dejó el trabajo y vendió el coche y la cochera. Con lo que sacó se tomo unas vacaciones. Se convirtió en un paseante curioso, empezó a escuchar a las cosas de los contenedores. Las botellas gritaban ¡Todavía tengo tapón!, los muebles cantaban sus características y desde el fondo del cubo algún pendiente gritaba ¡Que soy de orooooo!
Evitando contenedores aquí y allá, perdió el control de sus paseos. Un día, casi sin quererlo llegó al vertedero municipal. Empezó a curiosear y poco a poco aquello se convirtió en un baño de multitudes. El se ponía contra el viento para no oler la basura y escuchaba la sinfonía de cosas vivas que sólo él podía oír. En voz baja, la bolsa de plástico le comentaba a la colilla:
—Es él, oye todo lo que decimos.
Y la botella de plástico le decía a la lata:
—Yo me lo esperaba más alto, parece tan normal…
El murmullo crecía, la voz corría por el vertedero y Eugenio se sentía halagado, ya no le parecía tan insoportable el olor. Las cosas lo felicitaban, lo llamaban desde todas direcciones y poco a poco, empezaron a corear su nombre, suave al principio.
—Eugeeeenio, Eugeeeenio, Eugeeeenio.
Un rollo de moqueta se desenrrolló y le tendió un camino hasta el centro del vertedero. Eugenio no sabía que decir, intentaba apaciguar a las cosas con un suave gesto de las manos.
Pero el coro aumentaba el volumen y llegaba a ser ensordecedor.
De repente, notó en el fondo norte una inquietante actividad. Las cosas se elevaron formando una ola creciente que amenazaba con enterrarlo si no hacía algo. Retrocedió un par de pasos, aunque sabía que las cosas eran incapaces de hacerle daño. Pero la ola crecía y se acercaba inexorablemente. Junto a él, una tabla de planchar se abría paso y se restregaba contra su pantalón.
Eugenio intentó apartarla suavemente con el pie.
La tabla dijo:
—¿No quieres surfear?
Aquello era demasiado, Eugenio caminó hacia atrás unos pasos y arrancó a correr tan rápido como pudo.En la huida alcanzó a escuchar a un colchón que decía:
—Nos ha salido rana, es un enclenque.
Y le dolió en ese momento. Luego en casa recapacitó y llegó a la conclusión de que no era tan grave decepcionar a un colchón abandonado.
Los vecinos también cuchiceaban a sus espaldas y, aunque no molestaba a nadie, empezaban a mirarlo mal. Él se daba cuenta, pero ya no le preocupaba la gente. Lo único que que le importaba eran las cosas. Su madre lo llamaba y le preguntaba que había comido. Todos los días. Eugenio dio de baja el teléfono. Pero no lo tiró. Lo guardó por si algún día lo necesitaba otra vez.
Las cosas elegidas estaban en su casa, apiladas, haciéndole sitio a él, que las comprendía. Eugenio no podía escucharlas a todas, así que seleccionaba lo mejor, dejando a veces de lado a otras cosas a las que tenía que abandonar. Y decidió buscar una casa más grande, porque ya casi no cabían todos en el piso.


LOS DIAS DE VIENTO los barrenderos no se cogen vacaciones.
Sería muy fácil, y casi lógico, pero salen a trabajar como todos los días.
Tampoco se dedican a perseguir papeles calle arriba, calle abajo, cualquiera que se fije un poco reconocerá que no recuerda esa imagen.
Se limitan a caminar, sin prisas, empujando el carro, siguiendo los envoltorios, las hojas muertas, hasta que se pierden de vista para dejar que otro papel les adelante y seguirlo pacientemente, sin pensar, sintiendo el aire en la espalda, siempre en la espalda, parando cuando las cosas se arremolinan, suben unos metros, vuelven a bajar y continúan.
Dejándose llevar.
Y finalmente llegan todos al rincón, cada uno al suyo, el callejón donde el aire no llega, las cosas paran, se amontonan y esperan al barrendero como resignadas, asustadas, inertes.
Entonces paran, encienden un cigarrillo y observan los montoncitos, reconocen el papelillo volandero inalcanzable hace un rato, dejan llegar a las hojas rezagadas y entonces, sólo entonces, sacan la escoba.
Llenan el cubo en un momento y salen a la avenida ventosa, buscando otro papelillo, otra hoja muerta, la rutina.
Pues así exactamente camina Eugenio por el pasillo, sin prisa, sin pensar, sabiendo que va a acabar en el montocillo de cosas de Fani, las de siempre, que si el cepillo del pelo, que si las braguitas blancas, los zapatos aquellos, las gomas del pelo, la cafetera americana.
Llaman a la puerta, es la señora Pilar, la vecina de enfrente, que traigo unos pescaditos fritos, calentitos que es bueno que caiga algo caliente al estómago. Y la señora no para de mirar por encima, por los lados, las cosas del pasillo, la nariz arrugada. Muchas gracias vecina. Todos pasamos malas rachas, yo perdí a un hijo por la droga, eso es lo peor, si me aparta las cosas del pasillo a mi no me importa pasarle la fregona, yo friego todos los días, pero tiene que apartar esas cosas, no se como se mueve con tanto trasto, muchas gracias por el pescadito, ahora tengo que hacer cosas si me permite. Usted no es así, nos tiene preocupados, señora, tengo que hacer cosas.¿Pues no me ha cerrado la puerta en las narices? ¡Vas a acabar mal! Cuesta abajo y sin frenos, que aproveche. Ahí te quedas, faltaría más…
Observa por la mirilla como la señora se aleja. El rellano se queda vacío otra vez, pero ya está alterado, el corazón le late deprisa, no puede volver a las cosas y tampoco tiene hambre.
La puerta otra vez, el vecino, que disculpe a mi señora, es todo buena intención, no se lo tenga en cuenta, que desde que perdimos al niño, no se preocupe, no tengo nada que disculpar. Si usted tiene cualquier cosa aquí estamos, siempre hemos sido buenos vecinos, para lo que usted quiera, mi señora se ofrece a fregarle el pasillo de corazón, lo que pasa es que se pone nerviosa, cualquier cosa que se le ocurra que sepa que estamos pendientes para lo que usted necesite. Llévese los pescaditos y dele las gracias a su señora, es que no tengo hambre. Yo no soy de dar consejos, pero le digo que se coma los pescaditos que con el estómago lleno, para que le voy a engañar, es la misma mierda pero tiene uno la barriga llena.
Por un momento piensa en invitarlo a entrar, en explicarle que en el aparente desorden todo tiene su sitio, que las cosas se echan de menos cuando no están, es tirar una madera o un tornillo y ya te está haciendo falta, que dentro de la casa de uno hace uno lo que uno quiere, que las cosas hablan, a su manera, cuentan cosas y gritan a veces… el vecino mira por encima de su hombro también, y arruga la nariz, bueno, muchas gracias, no se preocupe que me como el pescado, ya sabe, cualquier cosa que se le ocurra, muchas gracias de verdad, otro día que tenga más tiempo charlamos otro poquito, buenas tardes.


LA PESADILLA lo despertaba todas las mañanas y cuando acababa de sacudirse el miedo ya la habia olvidado. Sabía que era la misma, pero no conseguía recordarla.
Recibió una carta de Fani. Aunque algo dentro de él había cambiado, Eugenio la seguía queriendo.
Le citaba en una cafetería al día siguiente. Eugenio estuvo pensando toda la noche frases cortas y adecuadas.
Nada de lo que arrepentirse.
Se arregló, se recompuso, se cargó de optimismo y salió silbando a la calle una hora antes.
Llegó media hora antes a la cafetería. Desde donde se sentó se veía el contenedor al otro lado de la calle. Pero no era momento. Tenía cosas más importantes entre manos, así que lo ignoró.
No iba a meter la pata, no iba a decir nada que no quisiera decir. Repasaba mentalmente la conversación. Las posibles variaciones…
Una señora se acercó a tirar una bolsa pero se lo pensó mejor. En vez de tirarla dentro del contenedor se entretuvo en colocar la basura ordenada en la barandilla del parque. Eran zapatos de niño.
Había unas botas de agua muy graciosas, con dibujos, y unas zapatillas de estar en casa que eran unos cachorros de león de peluche. En total seis pares de zapatitos.
Pero Eugenio no tenía niños pequeños. Y mucho menos con Fani a punto de llegar.
Los zapatos que eran infantiles, pero no tontos, empezaron a cantar con las vocecitas…

Un ciervo en su casita
Miró por la ventanita
Y un conejo que lo vió
A su puerta llamó.

Eugenio a esas alturas ya no se dejaba impresionar. Otra señora pasó y se paró a examinar las botitas de agua. Pero las volvió a dejar en su sitio y siguió su camino. A Eugenio le daba completamente igual, pero no podía dejar de espiar por el rabillo del ojo.

Ciervo abreme
Que el lobo me quiere comeeerr¡
Que quiero contigo estar
Y tus brazos es- tre- charrrrrrr¡

La señora vuelve. Saca una bolsa y guarda las botas de agua. También las zapatillas de estar en casa. ¡ Se lo lleva todo¡. Bien, Eugenio vuelve a repasar las palabras, ensayar gestos en el cristal de la cafetería….
No, se deja unas zapatillas de deporte. La verdad es que parecen demasiado pequeñas. Pero no rotas. Es evidente que las han tirado por haberse quedado pequeñas, no por usadas. Pero bueno, así es la vida.
Fani llegó al cuarto de hora . Encantadora, sonriente, más guapa que nunca. Se pidió un descafeinado. Llevaba un traje verde. Había dejado de fumar. Se había cortado el pelo. Había rehecho su vida.
Cuando ella dijo que había conocido a alguien Eugenio perdió todo interés en la conversación y estuvo un par de veces a punto de despedirse, de hecho, hizo el gesto de levantarse pero Fani parecía interesada en decirle algo.
Le cogió la muñeca.
—Eugenio, no puedes seguir así…¿Qué llevas ahí, unos patucos?
—Un momento ¿Seguir como? Yo estoy bien, no pido nada a nadie, no me meto en la vida de nadie, soy feliz y hago mi vida ¿Qué problema tienes conmigo?.
—Te los has encontrado en la basura, ¿Verdad?
Eugenio tuvo una sospecha. La sospecha se convirtió en un destello. El destello se convirtió en una luz que bañó todo su cerebro y se levantó. De pronto había recordado la pesadilla. Era una trampa.
—Eugenio, no he acabado.
—Francamente, me importa un bledo.
Eugenio apretó el paso porque estaba lejos de casa. Fani le había citado lejos de casa y había alargado la conversación . ¿Qué conversación? . No había dicho nada. Sólo había ganado tiempo.
Eugenio apretó el paso un poco más y empezó a correr. Aquello estaba cada vez más claro, pero Eugenio no podía correr más. Tuvo que detenerse porque se ahogaba.
Pero enseguida recuperó el resuello y volvió la esquina al fin.
Allí estaban.
Había un camión, en la calle, frente al portal. Unos hombres lo cargaban con bolsas.
A Eugenio le hubiera dolido menos que fuera un camión de mudanzas, pero no, era un camión de basuras. Ya estaban acabando. Los vecinos lo miraban desde sus balcones o apartando los visillos. Todos estaban en el ajo. Su madre estaba en el portal, lo abrazó , lo besó, lloró y le pidió por favor…
—Eugenio, eres joven aún, puedes rehacer tu vida.
—Déjeme madre, que se llevan mis cosas.
Cuando Eugenio subía las escaleras se cruzaba con los operarios cargados con bolsas negras, y oía los gritos en el interior, los alaridos de horror sofocados por el plástico…
Podía adivinar sin error el contenido de cada una de las bolsas grises por las voces de las cosas. Uno llevaba el respaldo del sofá. Lo habían desmontado para bajarlo por la escalera.
No era necesario.


LA LLAMADA había cesado. Ya no había voces, ni canciones. Habían dejado una cama, una banqueta y la tele. El piso era grande otra vez.
Eugenio cerró la puerta cuando salió el último operario con la última bolsa.
No sentía nada. A ratos pensaba que había ganado espacio y más tarde echaba de menos las cosas, una a una.
La casa parecía más grande. Todo retumbaba, sus pasos, el murmullo del agua…
¿El murmullo del agua? Seguro que se han dejado un grifo abierto.
Eugenio entró en el aseo. Tambíen lo habían vaciado. Sólo estaba el espejo del lavabo.
Pero no había ningún grifo abierto.
Eugenio se quedó quieto y escuchó el sonido del agua, si, ahí estaba. Lo siguió en silencio hasta llegar al sumidero del lavabo. Acercó el oído y oyó:

—Soy el mar…

Recorrió la casa vacía, se asomó a todas las ventanas y acabó inmóvil en la cocina, mirando la banqueta, reuniendo toda la información, comprendiéndolo todo.
Eugenio agarró la banqueta de la cocina y salió a la calle.

La señora Julia se asomó y preguntó —¿A dónde va este ahora? Y alguien contestó:

—Déjelo que vaya donde quiera.

Y caminó.
Los papelillos de la acera se aremolinaban ante el como si la brisa los moviera pero no había una gota de viento. Ordenados caían ante sus pasos, como pétalos a los pies de una princesa. Y le guiaban. Y la gente se sorprendía: ¿quién es ese andrajoso? ¿por qué camina como si fuera dueño de la ciudad? Y lo olvidaban apenas había pasado.
Eugenio caminó por la avenida, y las hojas secas se alinearon para él, igual que las latas de aluminio de la autovía, y los vasos de plástico del paseo marítimo.
Llegó a la playa. No hacía buena noche pero el mar estaba hermoso.

En la playa sus pasos se ralentizaron pero avanzaba firme.
Colocó la banqueta frente al mar en calma y se sentó. Estuvo un rato calculando su discurso y reuniendo la determinación.
El rumor del mar parecía repetir claramente algunas palabras:
—Vas de farol…
—Vas de farol?
—Si, vas de farol…
En cualquier caso, el rumor del oleaje sonaba a ironía.
Adelantó una pierna, levantó un dedo y sentado en la banqueta dijo:
—Si tu…
Pero no pudo continuar, una ola burlona le mojó los zapatos y los calcetines.
Se recompuso, clavó uniformemente las patas de la banqueta en la arena, se sentó, adelantó la pierna y el dedo otra vez y dijo:
—Si tu…
Esta vez la ola traviesa le llegó hasta la cintura, haciéndole perder el equilibrio. Hombre y banqueta rodaron por la arena mojada y la resaca de la ola llenó de chinitas y pequeñas conchas la pernera del pantalón.
Esta vez no se recompuso. Mientras se levantaba gritó:
—¡Tú lo has querido! Y se lanzó contra las olas, que lo estaban esperando.
El hombre chillaba como cuando era niño. Ahora se acordaba. Las olas crecían y él a veces las atravesaba por abajo y otras se dejaba revolcar, riéndose y tragando agua en ocasiones.
Dejemos a nuestro héroe jugando con las olas pues ha llegado el momento de abandonar el relato y volver a nuestros quehaceres.


Ilustracion: Ana Do.

1 comentario:

Maribel dijo...

El cuento me parece buenisimo, Eugenio es todo ternura, no se merece este final que le has puesto.
Un beso.Maribel.